martes, 29 de octubre de 2013

Lecciones del pasado


En un momento sin ideas, sin opciones aparentes, sin soluciones, cabe recordar los motivos. Para que ha de servir la economía, cual es su fin, porque surgieron corrientes de pensamiento que hoy permanecen embalsadas ante la aparente dificultad de fluir si no se viene de la montaña adecuada. Creo que es importante recordar de donde surge eso de querer actuar en la economía. Para ello he copiado, literalmente, un hermoso y magnifico texto extraído de una novela. No de un tratado filosófico, ni de un manual de política, sociología o economía. Un texto publicado en 1862 por alguien que además de otras cosas fue un político, pero fue aún más un poeta, un intelectual, y, por encima de todo, un increíble observador de su época. Es un texto para reflexionar en el siglo XXI, con una voz que grita desde el siglo XIX.

"Por fuera de los partidos políticos propiamente dichos se manifestaba un nuevo movimiento. A la fermentación democrática, respondía la fermentación filosófica: la parte más pura estaba tan conmovida como la turba; de otra manera, pero tanto.

Los pensadores meditaban, mientras que en el suelo, es decir, el pueblo, atravesado por las corrientes revolucionarias, temblaba bajo sus plantas con una especie de vagas sacudidas epilépticas. Estos pensadores, unos aislados, otros reunidos en familias, y casi en comuniones, removían las cuestiones sociales, pacífica pero profundamente; mineros impasibles que trabajaban tranquilamente sus galerías en las profundidades de un volcán, y apenas se distraían por las sordas conmociones y por los hornos vistos desde lejos.

Esta tranquilidad no es una de las menores bellezas de aquella época agitada.

Estos hombres dejaban a los partidos políticos la cuestión de los derechos y trataban la cuestión de la felicidad.

Se proponían extraer de la sociedad el bienestar del hombre.

Elevaban las cuestiones materiales, las cuestiones de agricultura, de industria, de comercio, casi hasta la dignidad de religión. En la civilización, tal y como se va realizando, un poco por Dios, y mucho por el hombre, los intereses se combinan, se agregan, se amalgaman de manera que forman una verdadera roca dura, según una ley dinámica pacientemente estudiada por los economistas, que son los geólogos de la política.

Estos hombres se agrupaban bajo nombres diferentes, pero que pueden ser designados todos por el título genérico de socialistas, trataban de horadar esa roca y de hacer salir de ella el surtidor de agua viva de la felicidad humana.

Sus trabajos lo abrazaban todo, desde la cuestión del patíbulo hasta la cuestión de la guerra. Al derecho del hombre proclamado por la revolución francesa, añadían el derecho de la mujer y el derecho del niño.

Nadie extrañará que, por varias razones, no tratemos aquí a fondo, bajo el punto de vista teórico, las cuestiones promovidas por el socialismo. Nos limitamos a indicarlas.

Todos los problemas que los socialistas se proponían, prescindiendo de las visiones cosmogónicas, los delirios y el misticismo, pueden reducirse a dos principales:

Primer problema:

Producción de la riqueza.

Segundo problema:

Repartición de la riqueza.

El primer problema implica la cuestión del trabajo.

El segundo la cuestión del salario.

En el primer problema se trata de el empleo de las fuerzas.

En el segundo, de la distribución de los goces.

Del buen empleo de las fuerzas resulta el poder público.

De la buena distribución de los goces resulta la felicidad individual.

Por buena distribución debe entenderse, no la distribución igual, sino la distribución equitativa. La primera igualdad es la equidad.

De estas dos cosas combinadas, poderío público en lo exterior, felicidad individual en lo interior, nace la prosperidad social.

Y prosperidad social quiere decir: el hombre feliz, el ciudadano libre, la nación grande.

Inglaterra resuelve el primero de estos dos problemas. Produce admirablemente la riqueza, pero la distribuye mal; y esta solución, que solo es completa por un lado, le lleva fatalmente a estos dos extremos: opulencia monstruosa, miseria monstruosa; todos los goces para algunos, todas las privaciones para los demás, es decir, para el pueblo; el privilegio, la excepción, el monopolio, el feudalismo, nacen aquí del trabajo mismo. Situación falsa y peligrosa que asienta el poder público sobre la miseria particular, y que funda la grandeza del estado en los padecimientos del individuo. Grandeza mal compuesta es que se combinan todos los elementos materiales, y en la cual no hay ningún elemento moral.

El comunismo y la ley agraria creen resolver el segundo problema. Se engañan: Su repartición mata la producción; la distribución igual mata la emulación, y por consiguiente el trabajo; es una repartición hecha por el carnicero, que mata lo que divide. Es, pues, imposible detenerse en estas falsas soluciones: matar la riqueza no es repartirla.

Los dos problemas exigen una solución común para estar bien resueltos; las dos soluciones deben de estar combinadas de manera que formen una sola.

Si sólo resolvéis el primer problema, tendréis a Venecia, a Inglaterra, como Venecia, un poder artificial, o como Inglaterra, un poder material; tendréis el mal rico, y moriréis por vías de hecho, como ha muerto Venecia, o por una bancarrota, como caerá Inglaterra. Y el mundo os dejará morir y caer; porque le mundo deja morir y caer todo lo que no es egoísmo, todo lo que no representa para el género humano una virtud o una idea.

Téngase entendido que por estas palabras – Venecia, Inglaterra – designamos no a los pueblos, sino a las construcciones sociales, la oligarquía sobrepuesta a la nación, y no a la nación misma. Las naciones merecen siempre nuestro respeto y simpatía. Venecia, como pueblo renacerá; Inglaterra, como aristocracia, caerá; pero Inglaterra como nación es inmortal. Dicho esto, prosigamos.

Resolved los dos problemas: animad al rico y proteged al pobre; suprimid la miseria; poned término a la explotación del débil por el fuerte; poned freno al inicuo recelo del que está en camino, contra el que ha llegado ya; ajustad matemáticamente y fraternalmente el salario al trabajo; mezclad la enseñanza gratuita y obligatoria con el crecimiento de la infancia; haced de la ciencia la base de la virilidad; desarrollad las inteligencias, ocupando al mismo tiempo los brazos; sed a la vez un pueblo poderoso y una familia de hombres felices; democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universandizándola, de modo que todo ciudadano, sin excepción, pueda ser propietario, cosa más fácil de lo que se cree; en una palabra, sabed producir y repartir la riqueza, y tendréis justamente la grandeza material y la grandeza moral; y seréis dignos de llamaros Francia.

Esto es lo que, a parte y por encima de algunas sectas que se extraviaban, decía el socialismo; esto era lo que buscaba en los hechos, lo que bosquejaba en los ánimos."

Victor Hugo

Los miserables. 1862.




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